En 1946, cuando Salvador Dalí se encontraba en el pico de su creatividad (en verdad lo del pico es mentira, porque el tipo nunca se bajó de allí), Walt Disney le propuso la idea de escribir y dirigir un corto animado basado en la canción “Destino”, de Armando Domínguez. El pintor tenía total libertad, siempre y cuando incluyera escenas de ballet clásico y no durara mas de 7 minutos.

Sesenta años después, podemos ver por primera vez una obra de arte en movimiento, tan surrealista y evocadora como todo el legado de Dalí.

No fué sino a mediados de los noventa que Roy Disney (nieto de Walt) desempolvó cientos de escenas, dibujos, pinturas, anotaciones e ideas que Salvador Dalí realizó personalmente, haciendo indicaciones y especificaciones de su visión de “Destino”, bocetos tan claros que según el propio Disney, podían moverse por sí solos.

“Destino” es una joya visual, cada fotograma es un cuadro de Dalí que merece atención exclusiva, con juegos visuales, ilusiones ópticas y paisajes imposibles que cuentan la historia de amor imposible entre el dios Cronos y una elusiva bailarina.

Aprovechen que estas cosas ya no se hacen.