Los seres humanos normales nos bajamos los pantalones, sacamos una revista y hacemos nuestro asunto sin hacer mucho ruido. Posteriormente limpiamos lo que haya que limpiar y seguimos igual con nuestras vidas, aunque más ligeros. Para Woody Allen esto es un proceso más complicado, sus fantasías son más elaboradas que las nuestras y para consumarlas necesita un poco más de ayuda… en esta ocasión con Scarlett y Penélope besándose en un cuarto oscuro bastó.

Para mi, “Vicky, Cristina, Barcelona” es eso: el último pajazo de un genial y simpático viejo verde, pero eso, nada más. Supongo que para algunos esto podría ser suficiente, pero la verdad es que el hype armado alrededor de la peli no se justifica. El humor es soso comparado con otras obras de Allen y las escenas dramáticas (si bien están magníficamente interpretadas por Bardem y Cruz) no terminan en nada, no disparan ningún interés mas allá del voyeurismo de imaginarse cómo se resolverá todo en la habitación.

Quizás no la entendí, quizás ese era el único sentido de la película: niñas lindas, bellos paisajes, música, clichés intensos y con eso debo conformarme, pero por tratarse de Allen me doy la licencia de ser más exigente.

Al final de verla me sentí así, como al final de un pajazo adolescente, con la mano empegostada y un mini ratón moral, nada memorable.

Mientras, espero con ansias el resultado de su colaboración con Larry David.